La joven escribió “aicilA” con su dedo índice sobre la mancha de vaho que había exhalado en el espejo. Al identificar la consigna pactada, su reflejo dejó de imitarla y resopló en señal de cansancio antes de empezar a hablar.
– ¿No deberíamos estar durmiendo?
–No puedo, sigo dándole vueltas a lo que me has contado acerca de ese poder que tienes…
–…Que tenemos.
– Eso es lo que no veo claro. En este lado del mundo, es evidente que soy un producto de mis circunstancias. Todo lo que pienso, siento y hago obedece a los acontecimientos que ocurren fuera de mí y sobre los que no tengo ningún control. En cierto modo, soy una víctima del azar.
–Ya te lo he dicho. No hay víctimas. Eres tú la que crea todas las situaciones en las que te ves envuelta. En cuanto cambies tu forma de pensar, tus circunstancias cambiarán.
–Pero… no tiene sentido. De tu lado puede que el pensamiento sea la causa que origina todo, del mío ocurre exactamente lo contrario, primero se percibe la experiencia y después…
–…Es una Ley Universal.
– ¡Será de tu mundo!
–U… NI… VER… SAL. De todo el universo.
– ¡Pues no me lo creo!– De un manotazo emborronó las letras del cristal.
– ¡Buenas noches!– Dijeron al unísono mientras se daban, sincronizadamente, la espalda.
Ambas se tumbaron en sus respectivas camas. No tenían más remedio que resignarse, del otro lado del espejo todo parecía del revés.
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